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viernes, 4 de octubre de 2019

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Trigésimo tercera: El casino.




Llegaba primeros de agosto y comenzaba la feria de mi pueblo. Cuando cumplimos la mayoría de edad dejamos la caseta popular, por entonces ya cambiada al patio de los grupos escolares del Paseo de Cervantes, y nos pasamos a los bailes de sociedad del casino. Eran otra cosa. Allí se reunía lo mas granado de la sociedad virgitana. Vestimenta obligatoria: los hombres con traje y las mujeres con vestido de noche. Eran bailes de etiqueta, y, no solo por la ropa, pasabas del pueblo al "pijerio" en un santiamén, pero a mi me encantaban y nunca tuve la sensación de llevar la segunda etiqueta. Había que ser socio del casino para poder entrar, el primer año yo no lo era y Gabriel el portero no me dejaba entrar, tuvo que ir mi padre a interceder por mi, Gabriel era amigo suyo, así conseguí el salvoconducto necesario para pasar. Para el siguiente año mi padre ya me hizo socio. Con ocasión de la asistencia a los mismos me hicieron mi primer traje en la sastrería del maestro Pepe Sedano, era un traje beige clarito al que acompañaba con una camisa marrón y una corbata de lunares, todo muy apropiado a la época y al acontecimiento.


El casino tenía una terraza amplia y fresquita que aliviaba las noches de calima veraniega y ayudaba a soportar los sudores de tanto baile. Para la feria se adornaba con luces de colores, banderines, guirnaldas y farolillos. Tenía un gran árbol, no se de que marca, que le proporcionaba algo de sombra durante el día, en un lateral había una especie de soportales con arcos, y en la parte del fondo estaba el escenario en la esquina que lindaba con el huerto de la casa de Angel Pérez. Dos orquestas turnándose nos amenizaban las noches, los bailes empezaban sobre las diez, aunque la hora punta de asistencia estaba en torno a las doce (media noche), y solían durar hasta que salía el sol.
Pero el casino no era solo los bailes de la feria. Si eras socio podías acceder al gran salón social, con sus ventanales dando a la calle principal del pueblo y sus grandes sillones y sofás. No se la de veces, cientos, que antes de ser socio, Gabriel me echó del salón al que solía colarme a la primera de cambio. También, siendo socio, podías acceder al piso de arriba en el que estaban las salas de juego y la de billar. Vayamos por partes.
Las salas de juego eran en realidad un salón donde se jugaba al monte (no confundir con los montones) y dos habitaciones mas pequeñas y reservadas, donde los mayores jugaban al póker. Yo nunca jugué al póker, me gustaba más el monte con su gran variedad de posturas de apuestas que, si sabias cubrirlas bien, era raro que perdieras. No obstante la banca siempre ganaba. (La banca, sea de la clase que sea, siempre gana). Nosotros no teníamos un duro, éramos estudiantes, y en época de vacaciones de mis estudios en Granada, cuando conseguía cinco duros (25 ptas.) me subía con mi amigo Eloy (qepd), poníamos en común sus cinco duros y los míos, a eso le llamábamos hacer una vaca (no se si es con v o con b), nos llegábamos a la mesa de monte y nos jugábamos un reloj, que consistía en empezar a apostar desde el as hasta el rey apostando en la postura de salto, si salía, la banca te la pagaba triple, si no salía, perdías lo apostado. Bueno, cinco duros mas o menos....
No éramos ludópatas si no aventureros muy jóvenes a los que la tentación de tener algo mas de cinco duros para una caña en el bar de Gracián nos llevaba, muertos de miedo, a acercarnos a aquel juego en el que, los que ponían la banca y los distintos puntos (jugadores) -para colmo- eran amigos de nuestros padres y conocidos de toda la vida. Nunca conseguimos ganar, solo perder los cinco duros.
La parte del billar. En la sala de billar había dos mesas, era billar de carambolas, también llamado billar francés, el que se juega con tres bolas, una roja, otra amarilla y otra blanca. Que yo recuerde ahí no se jugaba ningún dinero. Cesar (el hijo del veterinario), Paco Villalobos y Guillermo Salmerón eran los grandes jugadores a los que recuerdo, había más, seguro, pero no quedaron en mi memoria sus carambolas. Para mi eran unos maestros a los que, normalmente con poca fortuna, trataba de imitar con el taco en la mano. Me encantaba y me sigue encantado ese billar, no el americano, al que odio.
Siempre he querido tener una mesa de billar francés, y me parece que, a estas alturas, me voy a seguir quedando con las ganas.
Desde aquellos entonces no he vuelto a jugar al monte.









martes, 18 de junio de 2019

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Trigésimo segunda: La caseta de la plaza de abastos (antes y ahora).



Recuerdo cuando yo era pequeño, muy pequeño diría, unos 4 o 5 años. Alguien podría pensar y decirme,

-¿como te vas a acordar de cuando tenías esa edad, con lo mayor que eres ya?

Pues si, claro que me acuerdo, por dos motivos, uno, porque con la edad reviven los recuerdos mas remotos y se anteponen a los mas recientes (eso les pasa a los que empiezan a padecer la enfermedad del alemán ese innombrable);

y, dos, porque todos tenemos recuerdos de hechos que de, una forma u otra, nos impactaron, o, nos impresionaron por el motivo que sea, y se quedaron grabados en la memoria de la edad para siempre.


Pues bien, sigo con mi recuerdo, este se remonta, ni más ni menos, que a los primeros años de los 60, en torno a 1961-62.
En aquellas fechas, y durante muchos años más, en las fiestas de mi pueblo, la caseta popular la montaban en la plaza de abastos, hoy plaza porticada, con una orquesta de las de entonces, veladores con sillas de tijera, guirnaldas y farolillos. Mis padres, muy bailones ellos, no se perdían una caseta, mis tías, solteras aún, no los dejaban solos, no por seguir haciendo de cesta, que ya bastante tiempo lo fueron, sino más que nada para verlos bailar.

- ¿Y qué podemos hacer con el niño?
Pues colocarlo como Dios manda. ¿Qué podían hacer si no?
Pero resultó que el niño era un trasnochador de mucho cuidado, la caseta solía empezar a las doce de la noche y a esa hora al niño se le abrían los ojos.
En la plaza de abastos, en los portales, había viviendas, todas de dos plantas, centradas con los arcos, es decir, a arco por vivienda, algunas en el bajo tenían comercios, tiendas de ultramarinos, la tienda de Jacinto, la churrería de Adriana, la fonda del "patas gordas", y el famoso bar de El Cahete. Y allí me colocaban, no en el bar, en el piso superior donde vivía la familia, dejándome a cargo de una de las hijas, Mari Luz, la cual, para aliviar el coñazo que le pudiera dar un niño tan pequeño a esas horas, le ponía un silla adecuada a su estatura, -una "sillilla"- en el balcón desde el cual se divisaba perfectamente el baile. El niño ni parpadeaba asomada su cabecilla por los barrotes del balcón, hasta que por fin caía rendido. Quien sabe si mi afición a la música tuvo ahí sus orígenes.
Bueno, pues a lo que traía el contar este recuerdo. Pasados "solo" cerca de 60 años, unos 57 o 58,
- "mira tú por donde"
ese niño, que ya no tiene nada de niño, al menos de cara a la gente (interiormente habría que debatir un rato) se sube a un escenario en la actual plaza porticada, ya sin plaza de abastos en su contenido, de espaldas al balcón desde donde veía a sus padres bailar, y, en esta ocasión, en vez oír música, la interpreta para que otros la oigan.
Junto a su grupo de música, compuesto por seis amigos aficionados (él incluido), que tienen la osadía de tocar ante la gente de su pueblo, versionan temas clásicos de cantautores y les ofrecen a los asistentes su interpretación. Este grupo, en principio de cinco miembros, se llamaban The Boaters. En este año que corre incorporaron una voz femenina muy joven, y por ese motivo pasaron a llamarse Mary & The Old Boaters.
- Se entiende lo de "old", ¿verdad? Pues eso.

Durante toda la actuación, no se apartó de mí la imagen de ese niño que fui, a quien veía como quien mira una foto sin necesidad de volver la cabeza hacia el balcón, y, con un cierto regusto melancólico, no deje de recordar a mis padres bailando.


Ojala nos hayáis visto desde donde quiera que estéis.





martes, 2 de abril de 2019

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Trigésimo primera: El Vergi.


Estudiábamos quinto de bachiller superior en el Instituto de mi pueblo, cuando al "Tite", que era un inquieto, se le ocurrió que hiciéramos un grupo de prensa -"Grupo de Prensa Victoria", se llamo- y editáramos un periódico, el inmortal "VERGI". El primer número de El Vergi vio la luz un mes de enero del año 1972 y mantuvo su tirada durante quinto y sexto de bachiller, siendo el final de ese curso el final de la aventura. No obstante, solidarios nosotros, en el año de COU, que estudiamos en el Instituto de El Ejido, se hizo un numero extraordinario "Pro-damnificados en la provincia" a consecuencia de las terribles inundaciones que asolaron el poniente almeriense, con una tirada de 700 ejemplares (que no nos quitaron de las manos).

El presidente del grupo editorial, como no podía ser menos, era el tite, también llamado en esa época "pres", por abreviatura del cargo, aunque a él no le gustaba que se lo dijéramos. Motivo más que suficiente para que le llamáramos así. El consejo de redacción (o staff que dirían los modernos actuales) lo formaban -cito copiando literalmente el directorio de uno de los números- Nathanael, Santillana II, Guillermo, Lefim (estas eran las niñas a las que, adelantandonos en los tiempos los dimos cabida) Parri, José Luis, Cardila, Ossorio (se empeñaba en que era con dos ss), Gallardo, Diterbal, Riancho, Ancheztos, Guti y Eulogio.

Yo, se ve que ya barruntaba el miedo al papel en blanco, me dedicaba a la página de pasatiempos y humor, aunque nunca fui un chistoso, pero era lo que menos me imponía, hasta que, con ocasión de un concurso conmemorativo del II Día Forestal Mundial, me solté la melena. Digo bien, la melena que no la pluma, porque ya que ha transcurrido el tiempo de la prescripción, puedo decir sin reparos que lo que presente fue un fusilamiento literal de un articulo de la revista de Adena WWF (World Wild Found). El articulo se titulaba "Los comederos de buitres", tema que, como bien puede comprender el lector, era de candente actualidad, tanto entonces como hoy. Nos dieron el premio, aun no se cómo, no teníamos enchufes, lo más seguro es que fuera el único que se presentó.

La sede la teníamos en los locales de la OJE, en la planta superior, que se prestó a colaborar con nosotros gracias a la ayuda del Delegado de la Organización en mi pueblo, D. Miguel Villalobos, padre de uno de los redactores, y, a la sazón, nuestro profesor de gimnasia y de FEN en el Instituto.

La rotativa, propiedad de la OJE, era una maquina de impresión llamada ciclostil (inventada en sus tiempos por Edison, pero mejorada. El mimeógrafo o polígrafo, llamado también ciclostil, es un instrumento utilizado para hacer copias de papel escrito en grandes cantidades). No teníamos linotipia. Los textos eran preparados con la ayuda de una máquina de escribir en la que se introducía una hoja, llamada esténcil, que era doble, una de ellas muy fina; sobre esta se escribía con la Olivetti perforando la hoja con cada letra. Esta hoja fina se separaba de la otra y se colocaba en el tambor de la "rotativa" (ciclostil) previamente impregnado de tinta (como nuestras manos) y por los agujeritos que habían hecho las letras salía la tinta que quedaba impresa en el folio en blanco. Había que tener mucho cuidado, porque si la hoja estencil se averiaba, cosa que pasaba con cierta frecuencia, había que volver a repetir el procedimiento de edición, es decir, volver a coger la maquina de escribir, poner una estencil nueva y teclear el texto por segunda o tercera vez.

El ciclostil no nos permitía añadir fotos, que eran sustituidas por unos dibujos que, con la punta afilada de un compas, hacia el artista del grupo, el Guti. Incluso contamos con una portada del periódico dibujada por una de las pintoras famosas de Almería, Carmen de Perceval, hija del afamado Jesús de Perceval, fundador del movimiento indaliano, que, además, era nuestra profesora de dibujo. ¡Menudo lujo!.

Terminado el procedimiento previo, con los dedos cruzados y la hoja de estencil a salvo, debidamente colocada en el ciclostil, le dábamos a la manivela del tambor haciéndolo girar y sacábamos las copias necesarias para la tirada correspondiente, que poníamos en la calle, por decirlo en términos periodísticos. Lo vendíamos en el Instituto, no recuerdo cuanto cobrábamos por cada periódico, si cinco o 10 pesetas, pero en torno a eso, para poder financiarnos el gasto de material. Afamados periodistas, nos los quitaban de las manos, como no podía ser menos. Ninguno nos hicimos ricos, pero era un subidón de alegría cada vez que sacábamos uno, y disfrutábamos como niños (que lo éramos) confeccionando el panfleto.

Aun conservo todos los ejemplares que lleve a las monjas para que los encuadernaran.
¡Un incunable!

lunes, 1 de octubre de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Trigésima: El coche de cojinetes.


Cuando yo tendría unos seis u ocho años había dos cosas que me hacían una gran ilusión: un coche de pedales y una bicicleta. El coche de padales me quede sin el, era demasiado caro para la economía familiar y aunque todos los años se lo pedía a los reyes magos, estos, teniendo conciencia de la falta de recursos, no lo dejaban ningún año. Respecto de la bicicleta, mi padre, seguramente por la pena que le daba decirle a su hijo que tampoco había dinero para ella, opto por contarme un trágico cuento de uno que iba en una bicicleta y en la calle Faura tuvo un accidente y echaba sangre por la boca, sin precisar cuales fueron las lesiones que padeció y que yo suponía importantísimas. Con esa inocencia de los años me lo trague entero y no volví a pedir en mis cartas a sus majestades ese infernal velocípedo, no así el coche de pedales por el cual no perdía la ilusión de que cualquier mañana de reyes apareciera.
Pasados unos años, ya tenía once o doce, nos trasladamos a vivir a los pisos -también de sindicatos-, de la fuente toro, la ultima residencia familiar que tuvimos. Ya no creía en los reyes magos, el coche de pedales me quedaba por aquellos entonces pequeño, había dado un buen estirón, y se ve que a mi padre también le dieron un estirón en el sueldo, aunque este no tan grande, pero si lo suficiente para poder costear, eso si, a plazos, una bicicleta. Me había examinado de ingreso y el premio por aprobar fue ese, de modo que un día, siendo ya verano, apareció con una. Era de las antiguas, de esas que pesaban un quintal, con guardabarros, sillín para el paquete, dos espejos en el inmenso manillar y un timbre. Era moda adornar las bicicletas, así que le puse unos lazos de distintos colores al final de los puños del manillar y en los espejos, que ondeaban al viento dando gusto verlos.
Mis amigos del nuevo barrio tenían coches de cojinetes, se componían de una tabla a modo de asiento y dos palos transversales uno en la parte delantera y otro en la trasera (proa y popa en términos náuticos) a cuyos extremos se incorporaban los cojinetes. Los conseguíamos en un taller de vehículos cuyo dueño nos regalaba desechados de alguna reparación y que eran los que permitían que anduvieran. Había coches simples como el que acabo de describir y otros mas sofisticados y mas grandes. Estos su chasis era mas amplio, tenían hasta un asiento, aclaremos, un pequeño cajón de asiento, algunos con un faro de bicicleta alimentado por una pila de petaca, y hasta dirección. Si, dirección, al tren delantero, que mediante un ingenioso sistema permitía que girase, se le sujetaba una cuerda en sus extremos y según quisieras ir a la derecha o a la izquierda tirabas hacia un lado o hacia otro, el funcionamiento era similar a las riendas de un caballo (dicho en términos ecuestres).
Desde la fuente toro y hasta mis pisos había una empinada cuesta, la de la acequia del car (nunca he sabido si era car, cas, o cal) y por ella nos dejábamos caer a todo lo que daba la mata del vehículo. Esa cuesta se prolongaba con un falso llano hacia abajo y conectaba con la que desde la balsa pago se dejaba caer hasta la encrucijada del mismo nombre. Era un recorrido espeluznante, por supuesto que sin casco ni otros medios de protección, nunca sufrimos ningún accidente irremediable. Nos creíamos reyes de la velocidad, el único problema era cuando llegabas a meta, tener que subir ese pedazo de cuesta de aproximadamente un kilometro tirando del dichoso coche de cojinetes que pesaba lo suyo y mas en aquellos años en que el desarrollo físico, al menos el mío, era tan enclenque.
Y así fue como, después de tantos años de ansiar los dos vehículos que continúan apasionándome en la vida, el de cuatro ruedas y el de dos, ahora sustituido por una moto, ya no estoy para dar pedales como esos locos de moda que se revientan haciendo bici-cros, mountain bike y otras barbaridades por el estilo, a partir de los 12 años pude empezar a disfrutar de mis soñados cacharros.
Los Reyes Magos se quedaron en la gloria.







viernes, 21 de septiembre de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésimo novena: Los Yonis.

The Yonis Star fue un grupo de mi pueblo formado por Manolo el polaco (batería) Juan el hijo de Dª Encarnación la comadrona (guitarra y voz), Antoñito Campos (guitarra) y mi primo hermano Tico (bajo). Eran buenos, rivalizaban con Los Golpes, de Adra, que no eran tan buenos. Corrían los años 60, entenderéis que del siglo pasado, más o menos a la mitad de la década, en torno al 65. Tocaban en la caseta de la feria de Berja y pueblos limítrofes y ensayaban en la casa de mi tía María, la madre de Tico. Yo, que tendría unos ocho años, procuraba no perderme ningún ensayo y como normalmente eran por la tarde, después de que hubiera salido del colegio, en cuanto los oía tocar me acercaba al local de ensayo. La casa de mi tía María estaba al final de la calle del arco, junto al taller mecánico de Vargas que hacia esquina con los callejones. La casa de mi tía Gerarda, la de mis papicas, que era donde yo iba después de salir de clase, también en la calle del arco, distaba unos cincuenta metros de la de mi tía María, distancia insuficiente para que el sonido de aquellos amplificadores, que chillaban como el mismo demonio, no llenaran toda la calle y su estruendoso sonido se perdiera en la lejanía. Al mismo empezar a oír los sones de aquella estupenda banda echaba a correr calle abajo, ("mamáaaa que me voy a la casa de la tía María"), y allí me sentaba sin parpadear y con los oídos bien abiertos a escuchar a aquellos artistas. Era muy curioso ver como todos los guitarras tocaban con la mano cambiada a la de mi primo, resulto que era zurdo.
De pronto, un día, me entero de que los Yonis se van a Palma de Mallorca a conquistar el mundo de la música, me parecía una aventura increíble, miraba en el mapa donde estaba Palma y alucinaba. Vacilaba con mis amigos contándoles que se iban y nada menos que a Palma, que creía, que poco menos, estaba al otro lado de la tierra. Y se fueron, cargados con sus chismes de tocar, creo que algún que otro pan de Aniceto en las mochilas y una mano delante y otra detrás y sus ilusiones intactas. Y así llegaron a las Islas Baleares y así se vinieron algunos a los pocos meses, sin el pan ni ilusiones, en concreto tres de los componentes, el polaco, Juan y Antoñito, mi primo Tico se quedo allí como un valiente explorador y allí sigue.
Lo que se de él, en su periplo por esos lares, es que tuvo cierto éxito, no todo el que se merecía, como suele pasar, era y debe seguir siendo un músico excelente. Con otra gente, desconocida para mi, fundaron un grupo al que llamaron Blanco Sonido y hasta grabaron un single, que aun conservo, con dos canciones, la de la cara A se titulaba "Ven a cantar" con un estilo propio de la época y destinada a ser la canción del verano, la fortuna no les acompaño y trunco sus sueños, y, la de la cara B, titulada "Marian" con un estilo más experimental y propio de ese lado del disco. Después, el grupo se deshizo, pero mi primo Tico no cejo en su empeño por la música e incluso llego a formar parte del grupo que acompañaba a Lorenzo Santamaría, cantante que estuvo muy de moda en esos tiempos, numero uno en las listas de ventas.
Los Yonis y Blanco Sonido pasaron a la historia, como tantos en la complicada selva musical y quedaron enterrados en el olvido. Los Yonis, debieron su ruptura a su fallida aventura. Blanco Sonido, no tengo ni idea, espero que ninguna Yoko Ono los separara, como les ha pasado a otros.













martes, 14 de agosto de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésimo octava: Galas del sábado.


La segunda casa de mis padres, también de sindicatos, en los pisos de la Fuente Toro, era un poco más grande que la primera, la de los pisos de la calle Faura, incluidas la terracilla de la pila y la de las macetas, extendía su superficie hasta los 49 metros cuadrados. El salón, ¿salón, estas seguro?, bueno, el cuarto de estar era la habitación más grande de la casa, un tresillo de escai, una mesa camilla con dos butacas y un par de sillas componían todo el mobiliario y, ¡oh maravilla de las maravillas!, un aparato televisor en blanco y negro y con una sola cadena.
Mi padre, cartero de profesión, compró en muy cómodos plazos a Pepe Barrionuevo (de nombre comercial, Ciclo Comercial Barrionuevo) aquella tele, aproximadamente en el año 1969. Era la primera que entraba en el barrio y no solo entraba en mi casa, sino que también llego para todos los vecinos que querían ver el milagro.
Galas del Sábado (Esto es espectáculo) fue un programa de variedades español que dirigía Fernando García de la Vega y presentaban Joaquín Prat y Laura Valenzuela -¡que guapa ella!- yo estaba convencido de que eran novios o algo así, pasados unos años supe que no tenían nada que ver, pero que buena pareja hacían, daba gusto ver lo agradables y divertidos que eran. El formato del programa era de entretenimiento, como no podía ser de otra forma, forma que se sigue conservando en la actualidad (dejemos de lado cualquier comentario socio-político), en el que actuaban los cantantes de moda y los cómicos más chistosos de aquellos tiempos.
Se emitía, como su propio titulo indicaba, los sábados, por la noche, sobre las 10 (¿o debo poner las 22 horas para que se entienda?) y aquí empieza la película que quiero contar. A las nueve y media se iniciaba el goteo de vecinos para pillar sitio hasta completar el aforo, cada uno con su propia silla que llevaba de su casa y cuando no cabían más, los más rezagados se tenían que quedar de pie tras las filas de los más adelantados. A los más tardones no les quedaba más remedio que volver a sus casa y perderse el espectáculo. Había veces en que mi padre me ordenaba, -niño, levántate y deja la butaca a fulanico, dependiendo de la edad y autoridad moral del tal fulanico. Os podéis imaginar mi cara, de estar en preferente y pasar a ocupar la incomoda silla del privilegiado. Todo un poema. Pero se me pasaba, el programa te quitaba cualquier mal humor, hacia que todo el mundo olvidara y soñara con esa vida idílica que durante una hora te traía la caja mágica.
Terminada la emisión y los comentarios posteriores, siempre halagadores, que solían durar hasta el cierre de la programación de televisión española, con las palabras del cura y el himno de España, cada cual cogía su silla y de vuelta a su nido.
Jamás se lo ocurrió a mi padre cobrar por ver la tele a los espectadores que sábado tras sábado llenaban el cuarto de estar de mi casa. Todo se compartía, el barrio era un barrio de amigos, como familia, todo el mundo se ayudaba, nadie envidiaba nada, para que envidiar que tuviéramos tele si ellos podían verla cuando quisieran.




lunes, 13 de agosto de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Vigésimo séptima: Las cometas.


El transformador junto al que estaba aparcado al coche de los muertos se encontraba a los pies del cerro San Roque, en su cara sur. El cerro donde volábamos las cometas en Semana Santa, que solo se volaban en semana de pasión. Cometas caseras hechas de caña y papel de seda de colores pegados con masilla de agua y harina y una gran cola adornada. La cometa se volaba sujeta a un hilo de tramilla liado en cruz a un palo. Cuanto más hilo tenias más lejos volaba, y como no había radares, aviónica, aparatos electrónicos para evitar obstáculos durante el vuelo ni control remoto, normalmente la cometa terminaba liada a algún cable de la luz de los de alta tensión, y allí acababa el gozo del vuelo. Después siempre había un rosario de cometas enganchadas a los cables que nos hacia recordar que el tiempo de las cometas había pasado y hasta el año que viene no había nada que hacer.

¿Porque, entonces, se volaban las cometas solo en semana santa? Ni idea, creo recordar que decían los más grandullones que era porque en esa época del año los vientos eran los mejores para volarlas, pero a saber.

Quiero recordar que se llamaba Eusebio un amigo que vivía junto al transformador (éste era otro) del cerro matadero, llegando ya a la copa del cerro después de subir, entonces no a duras penas y sin asfixia, la enorme cuesta que había que salvar para llegar a su casa. Eusebio era un artista de las cometas, cortaba las cañas muy finas con una precisión increíble e inimitable, yo por más que quería jamás lo conseguí, por eso todas las Semanas Santas subía a su casa a que me hiciera una cometa. Compraba en la tienda del padre del Peláez la tramilla, el papel de seda y emprendía la subida de la cuesta. La masilla de harina y agua la ponía él. Eusebio remataba las cometas con unos adornos de feria, parecían las girnaldas que colgaban en las calles cuando eran las fiestas de mi pueblo. Todo un artista. Una vez confeccionada la cometa, puestos los tirantes y atada al rollo de tramilla, ¡a volar tocan!, y a engancharla en los cables de ese otro maldito transformador. A Eusebio no se le enganchaban nunca. A mí siempre, y mira que le ponía interés. Algunas veces Eusebio, consumado cometista, conseguía desengancharlas. Y así, entre un cerro y otro pasábamos la Semana Santa, en el cerro San Roque volando con mi primo Tico y en el cerro matadero con Eusebio.

Os juro que no cambio ese recuerdo por ningún drón, ni cualquier otro artefacto volador actual fabricados por el demonio.

domingo, 12 de agosto de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésimo sexta: Los mejillones de Guainos Bajos.


Eran las siete de la mañana de un caluroso día de julio cuando armados con los pertrechos necesarios para la pesca nos embarcábamos en la Alsina (el correo) que hacía el trayecto Berja-Granada. Los bañadores los llevábamos puestos debajo del pantalón, por calzado unas sandalias de playa de goma de color naranja pálido de tiras entretejidas que ahora llaman de estilo retro, es decir, las de toda la vida, unos bocadillos, quintos de cerveza y la embarcación, componían todo nuestro equipaje. Pero lo mejor de todo era la embarcación.
En mi pueblo había solo un taller de neumáticos, el de Pepe Cruz, al que le pedíamos prestada una cámara de rueda de camión ya usada, claro, a la que Nito, su empleado, le daba un repasillo y llenaba de aire. Con ella nos subíamos en el Alsina, la entrabamos rodándola por el pasillo, nadie se quejaba y los responsables del coche, conductor y cobrador, no ponían ninguna inconveniente, así no tenían que bajarse en el parada, abrir el compartimiento de equipajes, y todo eso, ¡menos engorro!
Tras una hora de duración nuestro viaje llegaba a su destino, nada menos que Guainos Bajos, y allí que nos encaminábamos a la playa a gozar del mar, el sol y la pesca. Aclararé que no llevábamos sombrilla ni nada con que refugiarnos del tórrido sol del verano, por lo que volvíamos al pueblo achicharrados después de una larga jornada de pesca. El correo regresaba en dirección a mi pueblo a las 6 de la tarde.
Tras dejar nuestros enseres personales en la orilla, nos hacíamos a la mar, solo uno cabía en el hueco de la cámara donde a modo de patrón dirigía a los que sujetos a la rueda empujaban o eran propulsores de la barquilla y pescadores de mano. Llegados al roqueo donde se aferraban a la vida los bivalvos que tanto ansiábamos, como buenos depredadores íbamos recolectando el manjar que le entregábamos al señorito sentado en el rosco. Cuando la pesca era abundante volvíamos a la línea de costa y los depositábamos en una bolsa, nada de nevera ni eso, y nos volvíamos a hacer a la mar cambiando el patrón en respetuoso turno –ahora me toca a mí-. Y así, una vez tras otra zarpábamos y atracábamos, hasta pasado el medio día, para nosotros el medio día eran las 3 de la tarde, en que ya dábamos de mano de la ardua jornada, desenterrábamos los botellines puestos a refrescar en la orilla y convenientemente señalizada su ubicación y nos disponíamos a degustar, zampar mas bien, lo que nuestras madres nos habían echado de comer. Tras una bien merecida siesta nos llegaba la hora de volver a la carretera a esperar al correo. El chofer y el cobrador eran distintos, pero también de sobra conocidos, -¿qué tal ha ido la cosa?- y tras mostrar nuestro orgulloso botín subíamos la cámara al coche, reventados y achicharrados como guiris cualquiera, dejábamos caer nuestro trabajado cuerpo y  volvíamos al pueblo.
La felicidad completa se producía al día siguiente. El en el cortijillo del tite, en el camino viejo de Benejí, nos poníamos como el kiko con el producto de nuestra faena pesquera.
¿Insolación por tanto sol?, que dices, llevábamos nuestra gorrillas de esas de pintor o un pañuelo con cuatro nudos en las puntas que era lo más habitual. Eso sí, los pellejos a tiras, negros como tizones.

viernes, 19 de enero de 2018

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Vigésimo quinta: Las dos luces de mi pueblo.


A mi pueblo lo abastecían de electricidad dos compañías eléctricas, El Chorro y la de Socías. Se puede decir que en mi pueblo solo teníamos "dos luces", como así las llamábamos, la luz del chorro y la luz de socías. El tener dos luces no era necesariamente sinónimo de ser cortos o de tener pocas luces, era lo que había. Nunca he entendido porque todas las noches, se cambiaba de la luz del chorro a la de socías, si era por un problema de suministro, infraestructuras de la red, competencias de mercado o vaya usted a saber.

La Sociedad Hidroeléctrica del Chorro fue una empresa de energía que operó desde principios del siglo XX, hasta que en 1967 fue absorbida por su principal competidora en el mercado andaluz, la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa). La luz de Socías procedía de una antigua central hidroeléctrica situada en el término municipal de Laujar que abastecía de electricidad a los pueblos de la zona, y aprovechaba el agua del rio Andarax para fabricarla. Desconozco el nombre comercial de la compañía. El salto de agua estaba en una ladera de la sierra de Laujar frente al refugio de Monterrey, en las estribaciones de Sierra Nevada que alcanzan la provincia de Almería, la alpujarra almeriense. Hoy en día la fábrica de electricidad ha sido convertida en un restaurante y se ha creado una ruta de senderismo llamada ruta de la hidroeléctrica. Nunca he sabido si los Socías, que eran una familia muy conocida de mi pueblo, eran los dueños o empleados de la hidroeléctrica, aunque me inclino por esta última opción.

El chorro era un chorro (con perdón) de electricidad al lado de la de socias, pero la realidad era esa. Mientras disfrutábamos de la corriente del chorro las casas se iluminaban como con la luz del día y las calles lucían un alumbrado público decoroso. Pero cuando cambiaban a la luz de Socías todo el pueblo se sumía en una penumbra, cuando menos tenebrosa, que daba lugar a que las velas, los quinqués y las linternas empezaran a funcionar para paliar aquel déficit lumínico que casi nos trasladaba a la prehistoria.

Como en aquellos tiempos las protestas, manifestaciones, reivindicaciones y demás ventajas que nos trajo la democracia no estaban permitidas, solo nos quedaba el derecho a renegar en la intimidad y las quejas se convertían en un sinfín de improperios y recuerdos a los familiares de aquellos que nos dejaban sin luz. El mejor recuerdo que tengo es cuando mis padres se sentaban en la mesa camilla acompañados de un habitual matrimonio vecino a escuchar la radio. Cuando se producía el cambio de suministro, la radio dejaba de funcionar, la luz, sin luz, de Socías no daba la suficiente corriente como para que el aparato siguiera funcionando, y ni Paco el electricista, que era el vecino acompañante junto a su mujer Lola (conocida por Lola la de Paco el electricista) podía arreglar aquel desaguisado. Las bombillas bajaban en su intensidad tanto que ni se calentaban, los hilos quedaban parpadeantes con una luz amarillenta de tono pergamino antiguo que me las recuerdan las actuales velitas eléctricas de las ofrendas que lucen las iglesias a sus santos. Y allí estaba el niño, con la palmatoria en la mano encendiendo la vela que alumbraba más que la bombilla moribunda con la que nos obsequiaba la luz de Socías.

No vayan a pensar que a partir del cambio mis padre y sus vecinos se acostaban, continuaban disfrutando de las tertulias interminables de mesa camilla y palmatoria, en este caso, hasta que el reloj mandaba el toque de queda porque a la mañana siguiente había que trabajar.

Ojala volviese la luz de socías y volviéramos a disfrutar de las mesas camillas como entonces y la caja tonta no nos prive de algo tan fundamental como una buena charla entre familia.

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Vigésimo cuarta: El coche de los muertos.



Recuerdo de pequeño ir a ver el coche de los muertos. Era una calesa de madera negra, cuatro ruedas, también de madera, acristalado, con unas cortinillas negras recogidas y cerrado con un techo tocado con un penacho negro. Siempre estaba aparcado en la mohaja junto al transformador de electricidad y un palo de la luz en el cual había un interruptor situado en su copa donde se cambiaba de la luz del chorro a la de socías (las dos centrales eléctricas que nos abastecían). Me impresionaba ver a aquel hombre con unos hierros con pinchos adosados a sus zapatos escalar por el palo para alcanzar a dar el cambio. Me imaginaba haciendo lo mismo, tenia que ser impresionante subirse por aquel palo liso clavando tus pies hasta llegar a lo mal alto, que para mi era muy alto, a lo mejor media 5 o 6 metros de altura, pero para mi era muy alto, no recuerdo si yo llegaría entonces al metro de altura. Quizá por eso me emocionaba mas pensarlo.


Volviendo al coche de los muertos. Recuerdo haberlo visto pasar con su pasajero dentro -dentro de la caja y ésta dentro del coche, claro- y la comitiva de dolientes detrás, pocas fueron las veces que lo vi, pero aun las conservo en la memoria. La casa del cochero/enterrador debía de estar al lado porque cuando jugábamos a hacernos los mas valiente y ver quien tenia los reaños suficientes como para subirse al coche de los muertos, salía de su casa un hombre a regañarnos, chillándonos para que nos bajáramos de allí. El miedo y la necesidad de que no nos pillara hacia que corriésemos como rayos. Risas y nervios durante la carrera y mas cuando le oíamos decir, "se quien eres y se lo voy a decir a tu padre". No se, entonces que nos daba mas miedo, si el coche o el patriarca de la familia.

Siempre me he preguntado porque a la muerte la vestimos de negro. Mi primer recuerdo de negro muerte data de cuando tenía cuatro años. El cerebro fija en la memoria los recuerdos desde que nacemos y si ese recuerdo es una imagen que impacta a un niño, mas remarcada la deja. -Me rio de los discos duros-.Ese niño, que era yo, iba en brazos de una prima hermana suya que se lo llevaba de la casa de su "mamica", donde vivía. La "mamica" había muerto y al pasar frente a la puerta de la habitación donde estaba expuesto el féretro con los restos mortales de aquella, su abuela, a la que quería, no pudo evitar volver la cabeza hacia la estancia oscura.

Así presencie, por primera vez en mi vida, el escenario de un duelo de los de entonces. Nada de tanatorios. Los duelos se hacían en la casa de los dolientes, la caja con cuatro velas, cada una en una esquina, y el muerto a la vista de todos (de ahí parte la maldición: "así te veas entre cuatro velas". ¡Que fuerte!). Las dependencias de la casa se llenaban de sillas, propias y prestadas por los vecinos, para dar cabida a todos los que se acercaban a dar el pésame. Mi "mamica" fue velada, entre cuatro velas, en su habitación, en la que, supongo, concibió a sus nueve hijos, entre ellos a mi madre, al estar a oscuras cuando yo pase, hacia que la imagen central de la escena sobresaliera con gran resplandor, resplandor de muerte, y que esa fuera la única imagen que quedo grabada, ya para siempre, en mi memoria.


"Que bonito es un entierro: Con sus caballitos blancos, con sus caballitos negros. Con su caja de pino y su muertito dentro.
Ya no hay caballos ni blancos, ni negros, en ningún entierro. Ni carromatos que esperen, trasladar la caja del muerto" (José de Espronceda).

 Poco queda ya de aquellos tiempos, pero a la muerte la seguimos vistiendo de negro.



Audición recomendada: Brahms. Opus 45. "Un réquiem alemán ".


























jueves, 5 de enero de 2017

EL CORRER DE LOS DIAS


Estampas costumbristas.
Vigésimo tercera: La Plaza de Abastos.





Ahora la llaman Plaza Porticada, siempre se llamó la Plaza de Abastos y eso porque, a los ahora llamados mercados centrales, se les llamaba de abastos, como en mi pueblo. Allí me crié, pase mi infancia, adolescencia y juventud, aunque cuando tenia cuatro años nos fuimos a vivir a las casas nuevas de la calle Faura, el centro de reunión de la familia lo teníamos en la casa de mi "mamica", hoy en día de mi tía Gerarda, en la calle del arco, junto a dicha plaza. En esa casa nací un lejano 13 de julio, hace la friolera de casi sesenta años, mi memoria me devuelve a diario a ese lugar, como si nunca quisiera haber salido de allí, a veces se para el tiempo, y se congela la imagen y se reestrena la película de mi madre andando por la plaza y parándose a hablar con todos sus vendedores y sus gitanas, los conocía a todos de toda la vida, desde que instalaron sus puestos. Ella también había nacido allí, en la calle del arco, en la panadería de Aniceto, mi abuelo, mi "papica", al que no conocí, después de nacer mi madre, mi abuelo le compro la casa a D. Pepe Joya, frente a su panadería, y allí crio a sus nueve hijos y no se cuentos nietos. Para los vendedores de los puestos yo era el hijo de Encarna la de Aniceto el panadero, todos me conocían y yo a ellos, pero en mi recuerdo quedan Enriqueta la gitana, María la lavandera, con su cubo de zinc siempre colgado del brazo, Angelicos Parrón, "las pitulas", "la cucas", María la de los plátanos, Pepe el "pescaero", que era de Adra, Faustino el gitano, y tantos otros. Cuando por la mañana veías una ternera atada a la verja de la plaza frente al bar de "el cahete", sabias que al día siguiente había carne fresca, porque marranos mataban todos los días, pero terneras solo de vez en cuando.

En esa plaza, ya vacía por las tardes, jugaba con mis amigos de entonces, Pepe el del rey chico, otro Pepe, el hijo de la prima Dolores, y otros cuyos nombre no recuerdo, al escondite (rescondite, dicho en lenguaje virgitano), a la pelota, a pillar, al puño o vaina, y todos esos juegos de calle que la escasez de vehículos y medios de comunicación nos permitían a los niños y nos enseñó a ser iguales y a tener amigos reales, no virtuales. Con la garganta seca de tanto correr bebíamos el agua de la fuente del macho, siempre fresca, hasta en verano. Después me llegaba a la panadería, cuando mis tíos empezaban a "doblar el pie", a observar como se hacia el pan del día siguiente, pan que ya no se fabrica pero cuyo sabor y olor vivirá para siempre en mi, como si volviera a comerlo.

Al día siguiente volvía a repetirse la misma ¿rutina?, de eso nada, no había un día igual a otro, solo permanecía el mismo escenario. Aunque habrá quien diga que me engaño, que todos los días si eran iguales, les daría la razón si lo que afirmasen es que todos los días éramos igual de felices.

jueves, 27 de octubre de 2016

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésimo segunda: ¡Uva Limpia!.




En los primeros años de la década de los 70, como todos los meses de septiembre, en mi pueblo comenzaba la faena de la uva. Berja era un "vergel", daba gusto asomar por la tomillera y ver ese valle lleno de verdes parrales cargados de uva y toda Sierra Nevada, entonces con nieve ya en esas fechas, al fondo recortando el horizonte. Para su comercialización se abrían los almacenes cerrados durante todo el año, comenzaba la que llamábamos "la faena", en la que mas de medio pueblo trabajaba, unos cortando uva en los bancales, y, otros, preparándola en el almacén para su envío a los mercados. Los estudiantes no íbamos a ser menos, y para llevarnos algún dinerillo que nos ayudara a sufragar gastos durante el curso venidero, nos apuntábamos a la faena. Lógicamente nos endosaban las tareas que los más profesionales no querían, es decir, las menos consideradas. Solo trabajábamos un par de meses y la faena duraba hasta navidad, así que éramos una especie de temporeros sin cualificación. Por eso nos ponían a sacar la "uva limpia".

La faena era mixta -trabajaban hombres y mujeres- había paridad en numero, no en salario, no vayamos a pensar que fuimos pioneros. Es una discriminación tan antigua como la vida misma, ya se sabe. Las mujeres trabajaban sentadas en las pequeñas sillas de anea -"la sillilla"- que ellas mismas llevaban de sus casas, unas pegadas a otras, en filas organizadas con pasillos entre las líneas de trabajadoras. El encargado de la faena continuamente las animaba a cantar para así evitar que se entretuvieran hablando entre ellas y se concentrasen en su tarea, pero como las mujeres saben hacer diferentes cosas a la vez, limpiaban uva, cantaban y charlaban, muy a pesar del centurión. La uva se la llevábamos, a pulso, los no cualificados en la caja tal y como venían del parral. Armadas con las "tijerillas" y forradas las manos con guantes de goma, de los de fregar de toda la vida, así la empresa se ahorraba el instrumental, les quitaban a los racimos las uvas "feas", las ponían en otra caja y gritaban ¡Uva Limpia!. Mandato imperativo que era mejor cumplieras inmediatamente, si no te podía caer la del pulpo -"niñico llévate ya la uva limpia bonico".

La jornada laboral podía durar lo que fuese, no había horarios de salida, en función de las necesidades de los dueños de la faena. Tampoco se pagaban horas extras, se trabajaba a destajo por el mismo precio. Entonces regía la Ley de Contratos de Trabajo del año 1944 y el Fuero de los Españoles, que más bien lo que generaba era la furia de los españoles. La Ley de Relaciones Laborales no fue aprobada hasta 1976, ya muerto el dictador. La negociación colectiva era un termino que solo conocían los teóricos.

Aprendimos a que en la vida no todo son "tetas y sopas" y que para "tener había que sudarlo". Fue un aprendizaje muy saludable para los de mi generación, quizá nos hicimos mayores antes de tiempo, pero eso que llevamos ganado.


martes, 22 de septiembre de 2015

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésimo primera: El papa.


No era "el papas" o "papah" dicho con fonética virgitana, era "el pápa" palabra llana a la que pongo un irreverente acento en la primera vocal para enfatizar la lectura, también para distinguirla del "santo padre". Pues bien, "el pápa" era de un pequeño pueblo de Granada y recaló en el mío cuando se enamoró y casó con una paisana suya -también llamada "la tata"- que se la trajeron de sirvienta o criada (hoy en día empleadas de hogar, pero a ella no le ofende haberlo sido) un matrimonio "granaino" que se afincó en mi pueblo. Y es que entonces en esos pueblos maltratados por el olvido, la penuria y el régimen, o salías de ellos o te morías en vida en ellos. El caso es que por suerte, sobre todo para mi, se instalaron en los pisos de la fuente toro, justo en la vivienda encima de la mía, si, esas viviendas "enormes" de 49 metros cuadrados, en la que cabían aquel matrimonio y sus cuatro hijos sin que ninguno sufriera trastornos de la personalidad por la estrechez. Nosotros éramos mas afortunados en espacio habitable, a mi me hicieron y rompieron el molde, no hubo mas.

"El pápa" venia del campo, era un hombre de campo, amaba el campo, y su primer trabajo fue en el lavadero de las minas de almagrera. ¡Menuda condena!. Todos los días de madrugada acompañado de su cestilla con la comida cogía el "subeybaja" -así se llamaba el ¿autocar? que subía y bajaba de las minas a los obreros, en mi pueblo no nos complicamos la vida a la hora de llamar a algo o alguien por su nombre-. Pero quiso la vida premiarle, el matrimonio "granaino" se compró una finca de parrales y necesitaba un encargado que la llevara. Nadie mejor que él. Dejó el "subeybaja" y todos los días al amanecer, domingos y demás fiestas de guardar incluidos, cogía su "mobilé", su cesto de comida y se largaba a su campo y volvía a la puesta de sol.

Su familia y la mía éramos una misma familia, el trasiego diario entre los dos pisillos era incesante, a su mujer la hice mi madre, sus hijos a la mía la hicieron suya, no había un día en que dejáramos de vernos. Cuando "el pápa" llegaba de la vega siempre traía algo, según la cosecha que correspondiera, uvas, patatas, habas, naranjas, siempre del tiempo (me río de esa denominación tan de moda de "ecológicos", ¿que sabrán estos gourmets de pacotilla?) por supuesto, no había invernaderos. Hasta en invierno nos traía el combustible para el brasero que su mujer y mi madre encendían todas las tardes en la calle para calentarnos por la noche. Cuando podaba las parras quemaba los sarmientos y los enterraba hasta que llagara el frío en cantidad suficiente para las dos familias, y cuando se acababa un saco traía otro ¿esa forma de calentarnos seria también ecológica? (me vuelvo a reír). Cuando mi madre hacia "olla" -esa también mal llamada hoy comida de cuchara, como si las hubieran inventado ahora, las cucharas digo- que era casi todos los días, siempre echaba para "el pápa" a quien le encantaban "las ollas" de mi madre, antes de acostarse se metía entre pecho y espalda una fuente con la olla que hubiese tocado ese día regada con vino de Olallo o de Matías. ¡Que naturaleza! dormía como un bendito, lo que era. 

Al "pápa" jamás le oímos una palabra más alta que otra, nunca regaño a sus hijos, su mujer hacia y deshacía sin un pero por su parte, tenia un sentido del humor hondo y profundo característico de la sabiduría que sin necesidad de estudios te da la naturaleza, siempre callaba pero cuando se "dejaba caer" sus comentarios quedaban para los anales del barrio. Nunca dio que hacer, ni en su ultima enfermedad que lo llevo a la tumba. Cuando murió algo en mi murió con él. Ahora muchas veces me acuerdo de Antonio, dejó en mi un sentimiento y cariño profundo hacia un hombre bueno con mayúsculas al que pocas veces tenemos la fortuna de conocer y si ya, como en mi caso, has convivido puedes sentirte un privilegiado.

Todos somos irrepetibles, pero esos hombres buenos deberían de multiplicarse en vez de la mala hierba que él arrancaba de sus campos. Deberían clonarse y así tendrían sentido los avances de la ciencia.




jueves, 16 de julio de 2015

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Vigésima: Los pisos de sindicatos.


En el año 1959 nos trasladamos a vivir a las casas nuevas que había construido el régimen dentro del plan de viviendas sociales a las que se conocían como "los pisos o casas de sindicatos", eran seis bloques a los que se accedía desde la calle Faura. El “pisillo”, de no más de 30 metros cuadrados, situado en la primera planta del bloque de la izquierda de la calle Aben Charaf nos parecía una maravilla, veníamos de la casa de mi “mamica” donde mis padres se quedaron a vivir al casarse hasta que les dieran el piso y donde nací yo dos años antes. Pasamos de una casa de pueblo de mas de 200 metros a aquel "cuchitril-mansión" donde nos apretujábamos tanto que mi habitación consistía en una camilla plegable que se abría al lado de la cama de mis padres. Allí estuvimos hasta que cumplí once años cuando nos trasladamos a otros pisos de sindicatos -"los pisos de la fuente toro"- ¡bastante más grandes, tenían cuarenta y nueve metros cuadrados!, terracilla y hasta una trituradora de basura en el fregadero que inmediatamente resulto ser una basura de trituradora. En esa nueva casa viví con ellos hasta que aprobé las oposiciones, ya entonces con la nada despreciable edad de 26 años.

En mi mismo bloque de las casas nuevas también vivían Jerónimo Vaca y Elena –allí nacieron sus cinco hijos-; Paco Rodríguez -el electricista- y Lola y dos de sus hijos; Rafael Céspedes –el carpintero- y María Martos, con sus hijos Rafa y Mari Carmen. Sus pisos eran igual de grandes que el mío, solo que yo era, y ya siempre seré, hijo único. ¡Claro que había más vecinos! pero citó a estos por ser con los que más amistad nos unía y de los que más entrañable recuerdo guardo.

La vivienda, sin recibidor, disponía de un cuarto de aseo al mismo entrar que podría tener unos cinco o seis metros cuadrados, (ya he entendido porque hoy en día se anuncian las viviendas con tantos cuartos de baño y un aseo) un saloncito, “tipo pin y pon”, amueblado con un sofá cama, dos mecedoras (ni cuento la de veces que nos dejamos los tobillos contra los balancines, también llamadas en mi pueblo “bolaeras”), mesa camilla y pequeña mesa con el aparato de radio, una minúscula cocina, aún de carbón que después paso a ser butano, pero no el que conocemos hoy en día, sino unas pequeñas botellas azules que traía Pepe Barrionuevo y que en su recuerdo identifico con las actuales de camping-gas, un cuarto de la pila, en el que solo cabía eso, la pila de lavar, y dos dormitorios -¿extensión?, jejeje-, uno para los padres y otro para el resto de la tropa. Lo que nos pasaba a nosotros es que mis padres antes de casarse le encargaron a Joaquín Benavente el mobiliario, dormitorio y comedor hechos a mano y como Dios manda, seguramente en el convencimiento de que iban a disponer de más espacio ya que los planos no se los enseñaron, no había LODCU. -¿Cómo iban a desperdiciar el comedor?- por supuesto que no, lo colocaron en la que teóricamente debería haber sido la habitación del niño y el niño a dormir con ellos, que tampoco pasaba nada.

Recuerdo a mis padres sentados en el sofá por las noches en compañía de Paco y Lola oyendo Radio Intercontinental de España de Madrid, hasta las doce de la noche en que nos cortaban la luz del chorro y cambiaban a la de socias, tan débil que ni la radio funcionaba. Los estoy viendo, tan jóvenes, reírse y comentar las coas que se decían en un programa que no puedo acordarme de cual es, ni de su presentador. Me maravillaba la radio siempre, nunca pude entender como dentro de esa caja tan pequeña cabía tanta gente.

Hace unos años cuando comenzó todo esto de la crisis, los “mileuristas”, los “ninis”, los jóvenes aventureros por gracia de la Báñez, de pronto saltó a los medios la ignominia de las viviendas de menos de 30 metros cuadrados para los jóvenes que podían permitirse el lujo de dejar la casa de sus padres. No pude remediar revivir unos sentimientos que nunca me han abandonado y que -ya- de mayor entendí su significado: la dignidad y la felicidad están dentro de nosotros, si las buscas fuera es difícil que las encuentres.

¿Porqué estaremos tanto depresivos hoy en día sobre la faz de la tierra?


lunes, 15 de junio de 2015

EL CORRER DE LOS DIAS

Estampas costumbristas.
Decimonovena: La "barza".


En aquellos tiempos a una piscina en mi pueblo le llamábamos "barza", en los actuales a las balsas se les sigue llamando "barza" y su agua ya solo se utiliza para regadío no para aliviar los bochornos de la canícula, y es que en mi pueblo entonces no existían las piscinas tal y como son conocidas. Recuerdo que en el Cortijo Mantilla hicieron una de verdad con trampolín y todo que, si no me falla la memoria, construyó Rafael el carpintero -el trampolín, me refiero- y que nos enteramos por su hijo. Era todo un espectáculo que contemplábamos con admiración encaramados en la tapia del cortijo. Inaccesible para nosotros y alejados de toda posibilidad de uso, a nadie se le ocurría que pudiéramos bañarnos allí, nos apañábamos muy bien con nuestras "barzas". Como la playa era cosa de "ricos", igual que la piscina de Mantilla, y los dueños de las "barzas" no ponían ningún obstáculo en que nos bañáramos, teníamos garantizado el refrescón veraniego a diario.

En las "barzas" aprendimos todos a nadar con un estilo virgitano impecable, brazadas que desplazaban el agua hacia adelante y poco empujaban el cuerpo pero que se coordinaban con los movimientos de la cabeza, siempre fuera del agua, la que se giraba hacia el lado contrario del brazo que hacía de remo. ¡Era una sincronización perfecta! Hacíamos hasta competiciones. ¿Aleteo con los pies?, ¿Qué es eso? los pies para abajo.
Disponíamos de varias "piscinas-barzas", a saber: la "Parrona", que era la más temida porque era muy profunda -muy honda decíamos- y rodeada de leyendas de reptiles en su fondo; las "Arquilleras" de poca profundidad, muchas tobas y fango y en la que nos inmunizamos contra las infecciones de la piel y gastrointestinales tan frecuentes hoy en día, las dos situadas en la Ermita al pie de la Sierra de Gádor; el "Motor", situada entre parrales a medio camino de la rambla que discurre entre Alcaudique y Benejí, dos barrios de mi pueblo, era de José María el de la tienda, y se llamaba así porque recibía el agua del pozo de la finca que sacaba el mecanismo que le daba nombre, siempre fresquita, más bien helada diría yo, y casi siempre medio vacía; la de los "Payanes", pasado Benejí, que era la que más nos gustaba, grande, nos cubría lo suficiente para poder "tirarnos púas" desde el balate del bancal de arriba, siempre limpia; la del "Cortijo el Tiro", poco frecuentada; la "Barza Redonda" del cortijo de Pepe Gallardo en Nejite, otro barrio, pasada la rambla de Julbina; ¿cuantas llevo? creo que suficientes, aunque en mi pueblo, rico en agua y manantiales era rara la vega que no tenía la propia. Por último, cuando no quedaba otro recurso, siempre había a mano una "barza de azurfatar". Aclaro el concepto. Hasta hace unas décadas mi pueblo era un vergel lleno de parrales, daba gusto cuando asomaba a la primavera su verdor y el olor a engarpe. En los bancales había una pequeña balsa de un metro cuadrado aproximadamente y un metro de honda que se usaba para preparar el sulfato con el que fumigar las parras. No sé si el famoso Nitrato de Chile tenía algo que ver con esa labor.
Después crecimos, salimos del pueblo, conocimos otra vida y el progreso. Pasamos a exigir piscinas de agua limpia y tratada, terrazas y hamacas o tumbonas, chiringuito y cervecita fresca. Se nos aburguesó la piel - también los intestinos- padecemos las mismas alteraciones dermatológicas que el resto de los comunes y nos vamos de varetas como todo hijo de vecino.
De las balsas de mi pueblo derivo la clásica expresión muy conocida y acuñada en los anales de la RAV (real academiae vergitanensis) que dice así: "el árbitro a la barza".
 
 


(Las Arquilleras. Imagen actual de Google Maps)